Henri Godard: Céline escándalo. Traducción de Laura Claravall. Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2025.

La conclusión de la Segunda Guerra Mundial supuso para muchos una liberación. Sin embargo, para otros fue una condena. Así se sintieron y así fueron tratados por los vencedores todos los que habían querido ver en los movimientos políticos italiano y alemán una tercera vía que pudiera solucionar las cuestiones planteadas en el siglo XIX como, por ejemplo, Knut Hamsun, Pierre Drieu La Rochelle o Louis-Ferdinand Céline.
De ahí que constituya una grata sorpresa ver publicado en español un escrito que pretende acercar a la opinión pública la figura de Céline. En efecto, Henri Godard, un gran estudioso de su vida y de su obra, se ha propuesto con este breve ensayo intitulado Céline escándalo tratar abiertamente todas las cuestiones que podrían parecer problemáticas al lector de nuestros días a través de una aproximación lo más comedida posible. Para tal fin, el investigador francés se propone acabar con la disyuntiva que aparece en toda valoración tradicional de Céline de «bien “gran escritor, pero terrible antisemita”, bien “terrible antisemita, pero gran escritor”» (pág. 20). A tal efecto, Godard exige que primero de todo precisemos «de qué estamos hablando. Una vez definamos los términos, quizá el problema no se plantee de la misma manera. Ya que de esto se trata: de salir de este bucle y, si es posible, provechosamente» (pág. 15).
Y es que esta discusión acerca de si se puede hablar de Céline como de «un gran escritor» o como de «un terrible antisemita» no tiene sentido, pues entonces resultaría «como si un escritor fuese menos escritor (o fuese un escritor mermado) porque es antisemita, o un antisemita fuese digno de mayor indulgencia porque es escritor. A su nivel, ambas contribuyen a confundir los valores» (págs. 20-21). Asimismo, se suele pasar por alto una cuestión que se da de forma paradójica y casi inconsciente en el lector de Céline:
Nuestro punto de vista es, en su caso, opuesto al que aplicamos a otros autores. En ocasiones, encontramos en libros anteriores a la Segunda Guerra Mundial alguna observación o el retrato de algún personaje que desprenden antisemitismo y que nos sorprenden, porque no teníamos a ese autor por antisemita, pero a partir de entonces se convierten en un indicio o en un dato revelador. Por el contrario, en el caso de Céline, cuyo antisemitismo ya damos por supuesto y por corroborado desde hace tiempo, cuál es nuestra sorpresa al ver que en sus novelas encontramos tan pocas muestras visibles y, es más, que éstas pueden convivir con elementos que van en la dirección opuesta (págs. 121-122).
Teniendo presente todas estas premisas, Godard invita a enfrentarse valientemente con Céline con el fin de desentrañar qué aporta a la ciencia literaria y hasta qué punto es antisemita (pág. 27) o, como se expresa en un posfacio redactado tres años más tarde, para «intentar descubrir lo que puede enseñarnos, tanto sobre el racismo como sobre la literatura» (pág. 160).
A esta tarea se dedica, pues, el presente ensayo que resalta, en primer lugar, la manera en la que Céline lleva a cabo un uso revolucionario de la lengua francesa y de su estilo (págs. 30-34), como se observa en las 8 novelas que publicó en vida.[1] En efecto, una lectura de cualquier escrito de Céline sorprende por el empleo tan amplio de lo que aquí se denomina «la lengua de los marginados y excluidos de su época» (pág. 35), que se caracteriza por un estilo «vulgar» de frases breves y directas (págs. 22, 39 y 142), así como por un aspecto tan cómico y humorístico que le lleva a Godard incluso a hablar de una «enciclopedia de la risa» (pág. 93). Estas características propias de la obra de Céline tienen la intención de provocar la participación activa del lector (es decir, lo reta, lo provoca, págs. 86-87) mediante una rápida identificación tanto con los personajes como con la temática (pág. 44). En este contexto, se plantea la problemática de hasta qué punto se puede traducir una novela de Céline sin que se pierdan los juegos de palabras y giros idiomáticos que se hallan en casi cada párrafo de sus escritos (págs. 36-37).
A esta cuestión puramente formal, se une la temática. En efecto, Céline se distingue por el hecho de que en sus textos la violencia (retratada en todas sus manifestaciones posibles, pág. 84) ocupa un papel principal, viéndose en gran parte simbolizada en las dos grandes guerras mundiales (cfr. págs. 143-145). De ahí que Godard pueda establecer que sus primeras cuatro obras estarían dedicadas a la Primera Guerra Mundial, mientras que las últimas tendrían por objeto la Segunda Guerra Mundial (págs. 47 y ss., así como págs. 67-68 y 139). De hecho, toda su novelística se podría considerar sin temor a exagerar como una extensa «crónica», siendo calificado por ello mismo por Godard como de «escritor de la memoria», colocándolo al mismo nivel que François-René de Chateaubriand (pág. 82). Una memoria que, en el caso de Céline, pretendería registrar para las generaciones futuras los inauditos grados de violencia manifestados en el siglo XX (pág. 165) y que estarían asimismo detrás de la forma de expresión anteriormente destacada del novelista (págs. 86-87).[2] En este contexto, resulta interesante la observación de Godard de cómo la fecha de 1914 es clave en la visión del mundo de Céline:
Ninguno de nosotros ha conocido la vida anterior a 1914, pero sabemos a ciencia cierta que nada, ni la sensibilidad, ni las ideas, ni los referentes, ni las costumbres, ni las técnicas, ni las artes, se parecían a lo que vivimos ahora. Céline siente tan profundamente esta escisión que su obra deberá empezar por ella si realmente quiere que se adscriba en el presente común a sus lectores y a él mismo (pág. 49).[3]
A estas cuestiones se vincula también el tema de la muerte (estrechamente ligada al motivo de supervivencia personal, págs. 64, 70 y 78), destacando por último la actitud nítidamente anti-ilustrada y anti-progresista de Céline en franca oposición al optimismo de su época (pág. 65). Esta postura tendría, a juicio de Godard, un claro trasfondo vivencial (págs. 66-67), estando reflejado en la necesidad del escritor de «recordarnos que, en este mundo, los paraísos sólo existen para que se nos expulsen de ellos» (pág. 72, véanse también sobre todo las reflexiones de Godard en las páginas 143-144).
Expuestas estas cuestiones puramente literarias con el fin de subrayar el innegable valor de la obra novelística de Céline, Godard entra a analizar el problema del antisemitismo. Aquí se distinguen dos momentos, estando el primero representado por el hecho de que el investigador francés menciona la imposibilidad actual de poder leer sus «panfletos antisemitas»,[4] ya que éstos están sometidos a la censura, una censura que prohíbe reeditarlos «para evitar que ejercieran una influencia nociva» (págs. 99 y 135).[5] No obstante, señala Godard, si su lectura estuviera permitida, tal vez se acabarían con muchos «mitos» y equívocos a la hora de juzgar a Céline (pág. 169). Sea como sea, este antisemitismo que, si bien se podía rastrear ya en las primeras novelas, es a partir del «verano de 1936» cuando se recrudece (pág. 125), no señalando Godard, empero, en ningún lugar ni el motivo ni en qué sentido se vuelve su fobia contra los judíos más «cruda».[6]
Sin embargo, y a pesar de las premisas interpretativas expuestas al inicio de su ensayo, Godard no puede evitar condenar públicamente este antisemitismo de Céline. Así, en este segundo momento de la cuestión «Céline antisemita», el investigador francés declara que el antisemitismo es «humana y moralmente insoportable» (pág. 27), pues éste «no es un racismo como los demás» (¿hay acaso niveles de racismo «superior» e «inferior»?), relacionándolo a continuación con el rechazo actual de algunos europeos contra «los inmigrantes del tercer mundo» (pág. 109).
Asimismo, Céline es calificado de «paladín del antisemitismo» (pág. 97), pues con él, el antisemitismo se quita la máscara (pág. 107), realidad esta que le permite a Godard someterlo a toda una serie de descalificaciones (págs. 104-15 y 112) que tendrían su base en el hecho de que el novelista francés no mostró en ningún momento remordimiento alguno por sus declaraciones contrarias a los judíos, ni habló jamás de manera condenatoria sobre los campos de concentración (págs. 88-89, 126, 138 y 159) o, cuando lo hizo, fue a través de manifestaciones poco claras (pág. 113).[7] Acto seguido, Godard intenta ofrecer una explicación psicológica de su racismo y antisemitismo (págs. 116-117) con la intención de desvincular su obra novelística de sus «panfletos antisemitas» (págs. 130 y 132), dedicando todo un capítulo («Novelas y panfletos», págs. 135-139) a establecer los principios básicos de cómo habría que leerlos, ya que para cualquier lector moderno sería contradictorio enfrentarse a un autor como Céline en el que se encuentra un claro y profeso «pacifismo» con un no menos nítido y convencido «antisemitismo» (pág. 100). Todas estas reflexiones concluyen con una categórica «condena al antisemitismo» (pág. 148), al que se califica de «negación de humanidad» (pág. 108).
Posiblemente sea a partir de este anatema que Godard hace caer sobre Céline el que lleva al investigador francés a traicionar sus propios principios hermenéuticos con toda una serie de comentarios subjetivos que pretenden sin duda alguna dirigir la opinión final del lector. Así, tras señalar que la violencia constituye un elemento fundamental en la obra de Céline, no puede dejar de manifestar su profundo rechazo ante ésta (pág. 57), pues nos confronta contra el «mal» (pág. 89), sosteniendo además que, ante el racismo explícito del novelista francés, hay que «abandonar la lectura» como «consecuencia natural» (págs. 88, 104-105 y 119). Asimismo, sería precisamente su antisemitismo el que «le impide convertirse plenamente en la voz de este siglo que hubiera podido ser» (pág. 120). Con todo, si leemos a Céline, es «por la literatura» (pág. 155): «En su caso, si despierta cierta admiración, ésta surge leyéndolo, casi por fuerza, contra la opinión de todos aquellos que lo rechazan, contra los motivos que lo llevan a rechazarlo, algunos de los cuales son también los nuestros» (pág. 156).
Es decir, este ensayo de Godard, que empezaba con la buena intención de leerlo sin condenarlo, concluye con un repudio total del antisemitismo y del racismo de Céline, afirmando sus cualidades literarias y formulando a continuación una concepción de la literatura (pág. 166) que le permite establecer al investigador francés una separación entre «literatura» y «moral» (págs. 131 y 149-154), reconociendo «en la literatura una realidad de otro orden que la moral, que unas veces coincide con ella y otras no, y que tiene su propio valor; es el poder que posee el hombre de reflejarse y pensarse obteniendo sentido y placer de aquello que es su bien más inalienable: el lenguaje» (pág. 172).
Cualquier lector medianamente sensato y con memoria después de llegar a la última página de este ensayo se preguntará qué es lo que acaba de leer, pues las conclusiones y toda la serie de comentarios y descalificaciones que se pueden rastrear a lo largo de todo el texto poco o nada tienen algo que ver con los sensatos principios interpretativos expuestos al inicio.
Por los motivos que sean, Henri Godard lleva años dedicándose de manera completa al estudio de la obra de Céline.[8] Es de suponer que, entusiasmado por la lectura de alguna novela del autor, considerara en algún instante que vale la pena investigar su producción. Ahora bien, Céline no es sólo un francés que elige la lengua coloquial como medio de expresión y que redacta obras en las que domina el cinismo, el humor y un gusto en ocasiones vulgar y muy desagradable con el que pretende expresar su nihilismo y su decepción, cuando no su desesperación ante la sociedad de su tiempo. También es un pensador que, a pesar de su desafección, creyó encontrar en un momento determinado de su vida un movimiento que le permitía combatir lo que le desagradaba y que él lo identificó con el judío, de la misma manera que lo habían hecho antes que él los socialistas y los anarquistas franceses (recuérdese cómo, por ejemplo, en su primera novela, Viaje al fin de la noche, se le califica y él se autodenomina «anarquista»).
Distinguir la vida de la obra, así como sus novelas de sus panfletos es a todas luces un acto de deshonestidad intelectual. Céline es el que es: un gran novelista, un gran antisemita y un gran racista.[9] Como él, lo fueron muchos otros autores de su tiempo, pasados y futuros. Leer a Céline exige aceptar esta característica de su vida y de su obra y no criticarla porque nos molesta.[10] Si nos desagrada el antisemitismo de Céline y lo consideramos una mácula, la solución es fácil: lo dejamos de leer, no nos ocupamos de su obra y vamos a otros autores que casen más con nuestros principios contemporáneos o nuestra «sensibilidad» democrática (pág. 143). Pero realizar toda esta serie de malabarismos conceptuales,[11] alabar por un lado la «literatura» de Céline, para condenar por el otro sus «panfletos» y denigrarlo a partir de ahí, revela una escandalosa falta de integridad y seriedad académicas.[12]
No obstante y a pesar de estas y otras objeciones que se le puedan realizar a Godard, la lectura de Céline escándalo publicada por Ediciones del Subsuelo constituye una imperiosa necesidad, pues este ensayo representa un excelente acercamiento a Céline que pone de relieve toda una serie de cuestiones que pasan no pocas veces inadvertidas y que, para el lector que todavía no ha profundizado en la novelística del autor francés, pueden ser decisivas para comprender qué es lo que está leyendo y qué es lo que se puede encontrar en otras obras que vayan más allá de la ampliamente conocida Viaje al fin de la noche. Pues, como destaca la traductora y editora Laura Claravall, con este tipo de ensayos interpretativos «la intención es profundizar en la obra, desde diversos aspectos, de autores que a veces erróneamente creemos que conocemos muy bien cuando en realidad no siempre es así».
En este sentido, no nos queda más que expresar nuestro más profundo agradecimiento a una editora tan valiente y honesta como Laura Claravall y esperar a que en el futuro Ediciones del Subsuelo pueda seguir nutriéndonos con textos a todas luces imprescindibles.
Jordi Morillas
[1] Las novelas de Céline son: Voyage au bout de la nuit (Viaje al fin de la noche; 1932); Mort à crédit (Muerte a crédito; 1936); Guignol’s Band I (1944) y Guignol’s Band II – Le pont de Londres (1964); Casse-pipe (1948), Féerie pour une autre fois (Fantasía para otra ocasión; 1952); Normance. Féerie pour une autre fois II (1954); D’un château l’autre (De un castillo al otro; 1957); Nord (Norte; 1960) y Rigodon (Rigodón; 1969). En sentido estricto, sin embargo, su número sería más elevado, según se desprende del descubrimiento de dos maletas llenas de manuscritos efectuado en el año 2021. Como resultado, se publicó al año siguiente la novela Guerre (véase la nota de Luis Sanz al respecto https://www.almendron.com/tribuna/celine-el-odiador-odiado/), cuya versión al español se puede leer en la editorial Anagrama en edición de Pascal Fouché, prólogo de François Gibault y en traducción de Emilio Manzano (la ficha técnica se puede consultar en https://www.anagrama-ed.es/libro/panorama-de-narrativas/guerra/9788433901941/PN_1100). No es de descartar que en el futuro aparezcan todavía otros textos del novelista francés.
[2] El estilo coloquial, vulgar y, en no pocas ocasiones, desagradable de Céline no tendría más justificación que el hecho de que con él el novelista describe una realidad que es precisamente así. Es decir, este tipo de registro sería el instrumento adecuado para reproducir la miseria cotidiana.
[3] «En este sentido, el siglo XX no ha inventado nada, pero lo que Céline sabe desde un principio y lo convierte en el novelista capaz de verbalizar toda la violencia de este siglo, es que la guerra de 1914 acabó con las ideologías que hacían de barrera. El patriotismo vengativo, la religión, el respeto a la jerarquía social, la veneración del saber se interponían hasta entonces entre ricos y pobres, pudientes y no pudientes, privilegiados y no privilegiados, explotadores y explotados, gobernantes y gobernados, poseedores y no poseedores del saber y que obligaban a los segundos a aceptar la dominación de los primeros» (pág. 53). En este contexto, es irresistible la tentación de comparar a Céline con el autor mallorquín Lorenzo Villalonga, quien, desde posiciones ideológicas seguramente opuestas a las del escritor Céline, veía la fecha de 1914 como uno de los puntos de inflexión decisivos en la historia contemporánea de Europa, sólo comparable con el trágico año de 1789. Para más detalles, véase la monografía La cosmovisió aristocràtica de Llorenç Villalonga, Ediciones AGON, Barcelona, 2003.
[4] En concreto, estos «panfletos» son: Mea culpa (1936), Bagatelles pour un massacre (Bagatelas para una masacre (1937), L’École des cadavres (La escuela de los cadáveres, 1938) y Les beaux draps (Los bellos paños, 1941). Mientras que el primer texto se ha republicado recientemente (véase nota 6), el resto no se puede adquirir en formato papel, a no ser de manera casual en un anticuario. No obstante, en la época de Internet, estas obras se pueden de alguna manera consultar, aunque no siempre en ediciones fiables.
[5] Aquí conviene recordar la fuerte polémica acaecida en 2017, cuando la editorial Gallimard se propuso publicar los textos antisemitas mencionados anteriormente acompañados por un estudio crítico del profesor universitario Régis Tettamanzi y de un prefacio firmado por el escritor Pierre Assouline. La presión social y, sobre todo, política, con la participación en contra incluso de Emmanuel Macron, llevó a Antoine Gallimard a remitir una nota a la agencia France Presse, en la que, de manera diplomática, pero muy sintomática, afirmaba que «en nombre de mi libertad de editor y de mi sensibilidad hacia mi época, suspendo este proyecto, juzgando que no se cumplen las condiciones metodológicas y memorialísticas necesarias para considerarlo serenamente».
[6] La causa de este radical cambio de postura se halla en el viaje que Céline realizó en septiembre de 1936 a la Unión Soviética, del cual volvió profundamente escandalizado. Sus impresiones las puso negro sobre blanco en un breve escrito intitulado Mea culpa, que se considera como el preludio de sus futuros «panfletos» antisemitas, a pesar de que en esta obrita, cuando se mencionan a los judíos, se hace siempre de pasada. Mea culpa se publicó en diciembre de 1936 (Mea culpa, suivi de La Vie et l’oeuvre de Semmelweis, Denoël & Steele, París), siendo una edición moderna recomendable Mea Culpa. Version préparatoire et texte définitiv. Edition d’Henri Godard avec la reproduction intégrale du manuscrit. Du Lérot, Editeur, Tusson, 2011.
[7] Esta supuesta simpatía con el movimiento nacionalsocialista contrasta con la recepción que su obra antisemita tuvo entre los nazis. Así, aunque en un primer momento se alabaron sus Bagatelles pour un massacre (véase la reseña del fichteano Wallfried Vernunft «Juden und Katholiken in Frankreich», Nationalsozialistische Monatshefte, núm. 103, octubre de 1938, págs. 38-50, aquí págs. 38-39), su escrito Les beaux draps fue abiertamente descalificado por no ser lo suficientemente duro contra la masonería y el judaísmo y tener un carácter muy negativo, características éstas que imposibilitaban «valorarlo como una contribución seria a nuestro gran tema» (véase Bernhard Payr: «Die Neuordnung Europas im Spiegel des französischen Schrifttums», Nationalsozialistische Monatshefte, núm. 138, septiembre de 1941, págs. 32-36, aquí pág. 33, así como su obra Phönix oder Asche? Frankreichs geistiges Ringen nach dem Zusammenbruch, Volkschaft-Verlag, Dortmund, 1942, págs. 136-137). De hecho, en un artículo publicado en 1938 se afirmaba que «Céline mismo no es en absoluto un “nazi”; él sería incluso un comunista, si el comunismo pensara realmente en la justicia y en la igualdad». Véase Deutsches Volkstum. Monatsschrift für das deutsche Geistesleben, I (1938), pág. 274. Para la recepción de Céline por parte de la crítica marxista se puede leer no sólo el artículo de León Trotski: «Novelist and Politician», The Atlantic Monthly, 156 (octubre de 1935), págs. 413-420, sino también Paul A. Fortier: «Marxist Criticism of Céline’s Voyage au bout de la nuit», Modern Fiction Studies, vol. 17, núm. 2 (verano de 1971), págs. 268-272.
[8] Él fue, de hecho, uno de los pocos intelectuales que defendió a Céline, cuando se le pretendía (y, finalmente, se consiguió) censurar y eliminar de la lista de personalidades a las que Francia iba a conmemorar durante en el 2011, año que, además, coincidía con el cincuenta aniversario de su muerte.
[9] No ciertamente con esta rotundidad nuestra, pero de una manera semejante se expresa, no obstante, Godard en las páginas 169-170, palabras surgidas a partir de la publicación de su ensayo.
[10] De hecho, no hace falta echar mano del testimonio de Bernanos para darse cuenta de que precisamente el escándalo y la provocación son intrínsecos a la obra y, por ende, a la vida de Céline (pág. 23).
[11] Como el hecho de que hay que «distinguir al hombre Céline de su obra» (pág. 25), la necesidad de contemplar de manera separada los escritos íntimos y las cartas del autor de su producción novelística (pág. 27), disociar «literatura» de «moral» (págs. 131 y 149-154) o afirmaciones como «es evidente que lo esencial de una novela no son las ideas que expresa, pero también es evidente que todas las novelas expresan alguna» (sic!, pág. 166).
[12] Todas estas posturas contra la persona de Céline acabarían justificando el hecho de que muy oportunamente dedicara su tesis doctoral en Medicina al médico húngaro Ignaz Philipp Semmelweis en 1924 y que lo publicara muy conscientemente junto con el que se considera su primer «panfleto» Mea culpa en 1936. Con ello, Céline daba a entender públicamente que, al igual que el gran galeno del siglo XIX, él también sería incomprendido y perseguido por sus contemporáneos y, como se observa, también por la posteridad. Véase Jérôme Meizoz: «Thèse mediocre ou roman prometteur?», EspacesTemps.net, Works, 24.11.2008, en Internet: https://www.espacestemps.net/en/articles/these-mediocre-ou-roman-prometteur/
