Furcias académicas: Michel Eltchaninoff y Vladímir Vl. Putin

Para el ámbito de los medios de comunicación se ha acuñado el término de furcias mediáticas con el fin de describir la labor de aquellos comunicadores que defienden el discurso oficial a cambio de sustanciosas ayudas económicas. Este ser conscientemente cadena de transmisión de la ideología de los que gobiernan lleva irrevocablemente a la manipulación y al engaño indiscriminado del que lee o escucha a estos periodistas con la buena voluntad de que se le está ofreciendo una información veraz y objetiva.
Sin embargo, este venderse y arrodillarse ante el poder con el deseo de obtener una recompensa financiera no sólo se produce en el periodismo, sino que también se encuentra en otros campos como, por ejemplo, el académico.
Ya sea por convicción, ya sea por el interés de acrecentar su cuenta bancaria, no son pocos los académicos que distorsionan, manipulan y engañan a través de sus trabajos de investigación. Así, de la misma manera como hay furcias mediáticas que no dudan en defender las tesis del gobierno y fomentar, por ejemplo, la vacunación masiva de la población a la vez que censuran y desprestigian con todo su odio a los que quieren ejercer su derecho a la libertad, también existen furcias académicas que propagan la versión oficial de los poderes establecidos a través de bulos y falsedades. Una de éstas es el francés Michel Eltchaninoff.
Experto en literatura y filosofía rusa,[1] Eltchaninoff publicó en 2015 En la cabeza de Vladímir Putin,[2] obra en la que pretendía analizar las bases filosóficas del pensamiento del presidente ruso y que padeció una revisión y ampliación en el 2022 a raíz de la operación militar especial lanzada por la Federación Rusia en Ucrania.
De entrada, conviene señalar que semejante empresa revela ya el carácter especial del objeto de investigación. En efecto, que se le dedique una obra de análisis filosófico, político, religioso y, en definitiva, geoestratégico a Putin es, sin duda alguna, un elogio a su persona. Pues, ¿alguien se puede imaginar un estudio semejante sobre Emmanuel Macron, Ángela Merkel, Joe Biden o Pedro Sánchez?
De hecho, la denominación del capítulo introductorio es inconcebible para cualquiera de los cuatro políticos anteriormente citados: “Putin y la filosofía” (págs. 9-18). No obstante, en él, en lugar de encontrarse una exposición objetiva de esta cuestión, lo que el lector hallará será lo que de manera indefectible será la tónica general de esta obra: el insulto y la descalificación que se verán paradójicamente refutados de forma continuada con la subsiguiente exposición de hechos y realidades de la sociedad rusa, así como a través de las declaraciones del propio Putin.
Un ejemplo: mientras que Eltchaninoff se burla de las pretensiones filosóficas de Putin, acusándole de que sólo se refiere a la filosofía para ridiculizarla (pág. 11) o le niega el calificativo de “intelectual” (ibid.), acto seguido tiene que reconocer que en la Rusia actual nadie habla jamás mal de la cultura y, menos aún, de la filosofía (pág. 13). Putin, como buen ruso, comulgaría con esta actitud de su pueblo, como se ha podido observar en multitud de ocasiones a través de sus contactos con distintos intelectuales como, por ejemplo, Alexander Solzhenitsyn (págs. 13, 91-94 y 163).[3]
Asimismo, Eltchaninoff no puede ocultar la realidad de que Putin citó en no pocas ocasiones a Immanuel Kant durante su primer periodo de gobierno como gesto de buena voluntad para acercar posiciones con Occidente (cfr. págs. 35-37), así como también que es un buen conocedor de la obra tanto de Lev Gumilev (págs. 116-120 y 200), como en particular de Iván Ilyin (págs. 50-63). De hecho, la exposición que el autor francés lleva a cabo del pensamiento de Ilyin es útil, a pesar de toda su tendenciosidad, para comprender sobre qué principios filosóficos, políticos, históricos y geopolíticos se mueve el pensamiento y, sobre todo, el actuar del Putin (págs. 114-116). De esta manera, Eltchaninoff sostiene que “gracias a unos cuantos filósofos rusos, [Putin] ya dispone de un sólido substrato ideológico que va desgranando en sus palabras y actos” (pág. 164).
El análisis posterior del devenir político de Putin a partir de su ascensión al poder en el año 2000 desemboca en lo que Eltchaninoff denomina “el giro conservador” (pág. 14) del político ruso en el 2013, consecuencia en gran parte de su decepción con sus socios occidentales (véase en detalle el capítulo IV, págs. 65-84). No obstante, el autor francés no menciona en ningún momento los motivos reales de esta nueva actitud en cuestiones de política exterior del presidente ruso, dando rienda suelta, en su lugar, a la repetición del discurso oficial otanista, esto es, a las mentiras, a las manipulaciones y a verdaderas teorías de la conspiración con el fin de presentar a Putin como un dictador, un fanático y un enloquecido señor de la guerra. De ahí que –y sin ánimos de ser exhaustivos en la mención de todos sus exabruptos– Eltchaninoff afirme que:
- Putin no tendría otro objetivo político que vengarse de lo sucedido en Serbia y Kosovo: “Es mi convicción [sic!] de que la carrera política de Putin está marcada por el propósito de vengarse de este acontecimiento” (pág. 30, cfr. pág. 144).
- Putin despreciaría a los pueblos pequeños de Rusia (pág. 32).
- La política de Putin se basaría en la superioridad genética de los rusos (pág. 120).
- Putin estaría ferozmente en contra de la homosexualidad y cometería el imperdonable pecado capital de preocuparse por la cuestión demográfica de su país fomentando la natalidad (pág. 70).
De hecho, a Eltchaninoff le preocupa tanto el problema de la homosexualidad en Rusia que no sólo lo convierte en un Leitmotiv constante de su obra, sino que incluso llega a afirmar que “Vladímir Putin, de forma extraña, parece sobre todo obsesionado con una cuestión, la de la homosexualidad. Este punto aglutina los muy diversos elementos que ya había apuntado con anterioridad: los valores cristianos, la fidelidad a la historia nacional, el patriotismo y la desconfianza con respecto a Occidente” (pág. 84). De esta manera, la lucha de Putin contra el wokismo se presenta como un elemento profundamente conservador, de extrema derecha e incluso fascista de su pensamiento:
En Rusia, “los valores tradicionales” son parte integrante de la nueva Constitución. En opinión del presidente, no hay palabras lo suficientemente duras para condenar la voluntad, en los países occidentales, de instaurar una “‘discriminación inversa’ de la mayoría en interés de las minorías..., el rechazo a nociones tan básicas como una mamá, un papá, una familia o incluso la distinción entre los sexos [...]. Lo único que pedimos es que nadie meta las narices en nuestra casa”, espeta al acabar. Los occidentales son niños desorientados y malcriados. Rusia es una país adulto y responsable (págs. 188-189).[4]
- La “vía rusa” iniciada por Putin a partir de su tercer mandato tendría, como ya se ha indicado, un carácter abiertamente antioccidental:
La política de contención contra Rusia, que se aplicó de manera continuada durante los siglos XVIII, XIX y XX, sigue aplicándose hoy. Han tratado siempre de arrinconarnos, porque mantenemos una posición independiente, porque la defendemos, porque llamamos a las cosas por su nombre y nos dejamos de hipocresías. Pero todo tiene un límite (pág. 86; discurso de Putin a la Federación Rusa del 18 de marzo de 2014).
- Como resultado de esta situación, se encuentra el deseo inaceptable de Putin de negarse a ser un vasallo de los Estados Unidos (pág. 76) y de vindicar un mundo multipolar:
Para hablar con toda franqueza, hoy en día no existen tantos países en el mundo que tengan la satisfacción y la fortuna de declararse soberanos. Pueden contarse con los dedos de la mano. Son China, India, Rusia y algún otro. El resto se encuentra en una situación de dependencia muy sustancial, bien mutua con otros países o con el respecto al líder del bloque (pág. 89; discurso de Putin en el Club Valdái el 14 de septiembre de 2007).
- El único concepto válido de democracia sería el occidental, el cual, frente a las acusaciones rusas, en absoluto se distingue por tener unas élites mediáticas que imponen sus decisiones a favor de una economía ultraliberal y contra los valores de la familia (pág. 146). En Europa, afirma Eltchaninoff, hay democracia, una democracia liberal que se contrapone radicalmente al modelo dictatorial ruso:
La democracia rusa es el poder del pueblo ruso, exactamente eso, con sus tradiciones propias de autogestión popular y no la realización de patrones que nos hayan impuesto desde el exterior (págs. 89-90; discurso de Putin en la Asamblea Federal del 12 de diciembre de 2012).
En este sentido, Putin niega que la democracia deba ser “la anarquía”, es decir, “el reino del todo vale” (pág. 38), abogando por “una democracia de la calidad, de la responsabilidad y del servicio” (pág. 61).
- Frente a lo que afirma la propaganda del Kremlin, Europa no se encontraría “en declive económico y decadencia moral” (pág. 172), ni existirían desigualdades sociales tan acentuadas como en Rusia (pág. 180).
- La política de Putin se guiaría por “las ideas fundamentales” de imperio y de apología de la guerra (págs. 139 y 164). Lo que el político ruso desearía sería “construir un sistema imperial eficaz, moderno y contemporáneo, fundado en la economía de mercado” (pág. 153; Eltchaninoff cita aquí las palabras del economista Andréi Illarionov). Es decir, Putin pretendería obtener recursos para participar con nuevas fuerzas en el capitalismo mundial (pág. 154).[5]
- En este sentido, lo ocurrido en el invierno de 2013/2014 en Maidán, Ucrania, se debería interpretar como una revuelta del pueblo contra el peligro imperialista ruso, el cual nadie o casi nadie en Occidente ha tomado en serio (pág. 138). La violencia que se desató contra los manifestantes a finales de febrero de 2014 se habría orquestado, además, por parte de los rusos (pág. 159-160).[6]
- Por consiguiente, Putin sería incapaz de ver que detrás de las denominadas Revoluciones de colores se halla la voluntad propia de los pueblos de “abandonar el universo soviético y el patronazgo ruso” y no en absoluto una operación de la CIA (págs. 68-69 y 88-89).
A todas estas falsedades de Eltchaninoff, refutadas por los hechos y testimonios de los propios estadounidenses, se ha de agregar el análisis filosófico que realiza de la mentalidad de Putin:
- Eltchaninoff califica a Putin de “realista”, de persona, a quien le gusta tomar la iniciativa (pág. 12), de “pragmático” (pág. 21), que ni lee periódicos, ni utiliza Internet (págs. 15 y, sobre todo, 70).
- Los principios por los cuales Putin se guiaría serían el patriotismo, la cultura militar y la mentalidad “viril” (págs. 22 y 54), aunque Eltchaninoff se apresura a remarcar que Putin no puede ser denominado héroe, ya que no ha participado jamás directamente en una guerra.
- La forma de actuar de Putin estaría regida por la filosofía del judo, que le habría enseñado “el respeto al compañero, sea quien sea; respeto a los mayores, al maestro y una manera de abordar los problemas que no descansa en la fuerza bruta, sino en la habilidad, la táctica y, desde luego, en las cualidades la voluntad” (pág. 46; palabras de Putin en una entrevista para la revista India Today y el seminario Russia Journal del 29 de septiembre de 2000).
- Además de esta faceta filosófica de Putin, Eltchaninoff tiene que poner de relieve la de historiador (pág. 195), la cual se ha manifestado en más de una ocasión en sus artículos y conferencias. Para el autor francés, Putin miente en todas sus manifestaciones históricas como, por ejemplo, cuando recuerda que fueron los rusos quienes más bajas padecieron durante la Segunda Guerra Mundial o los que liberaron a Europa del nazismo (págs. 23 y 90), así como cuando sostiene la unidad religiosa e histórica (cuando no incluso étnica) de rusos, ucranianos y bielorrusos (págs. 145, 156-159).
- En este contexto, Eltchaninoff condena la intención reconciliadora de Putin con la historia de su país, quien se niega a abrir nuevas e innecesarias heridas con el fin de no dividir a la nación (págs. 25-30). Asimismo, se mofa de la propuesta del presidente ruso de crear un programa de investigación común entre historiadores rusos y europeos para estudiar de manera objetiva lo ocurrido en la Segunda Guerra Mundial. Esta idea fue rechazada por Emmanuel Macron (pág. 184-185).
- Por si todo lo anterior no fuera suficiente, Eltchaninoff presenta a Putin como un negacionista del COVID quien, en este sentido, estaría respaldado por el pueblo ruso, anatemizado por el autor francés por mostrarse reacio a las vacunas y a los códigos QR: “En Rusia, como en otros lugares, pero seguro que un poco más que en otros lugares [sic!], las teorías conspirativas de los antivacunas marchan viento en popa” (págs. 185-186, véase también pág. 188).
- La defensa de Putin de un conservadurismo político tendría su origen en una interpretación (errónea, según Eltchaninoff) de Nikolái Berdiáev. En esta línea, el autor francés hace a Putin representante del “pensamiento identitario” (pág. 144), que se vería reflejado en sus apoyos financieros e ideológicos a los movimientos de “extrema derecha” europeos, de los cuales desea convertirse en “el heraldo” (pág. 173).
- Sin embargo, quienes realmente habrían interpretado de manera fiel el pensamiento de Berdiáev habrían sido los miembros del grupo Pussy Riot con su protesta el 21 de febrero de 2012 en la Catedral del Cristo Salvador de Moscú (págs. 135-136).
- En Siria, Putin habría apoyado a Bashar al-Ásad bajo la excusa de que el ISIS habría sido financiado por los estadounidenses (pág. 164-165). Así, “los rusos arrasan las ciudades, como ya hicieron en Grozni y Alepo, y provocan un éxodo masivo hacia Europa como jamás se ha visto” (pág. 200).
- Que Putin quiera proteger a sus ciudadanos tanto dentro, como fuera de sus fronteras es condenado por Eltchaninoff (pág. 168). Con esta intención, el presidente ruso estaría defendiendo posiciones que acabarían desembocando en la guerra iniciada en 2022 en Ucrania.
- En este contexto, Eltchaninoff recalca cómo para Putin no habría en sentido estricto un conflicto contra Ucrania, sino que, antes bien, este país estaría siendo utilizado como herramienta de confrontación contra Rusia (cfr. págs. 187 y 192).
- Este análisis filosófico, histórico y político de la personalidad de Putin, al que se le acusa además de llevar más de 17 años en el poder (pág. 180), concluye con el categórico juicio de que estamos ante un demente que ha perdido todo sentido de la realidad (pág. 200), puesto que, por ejemplo, “ni el ejército, ni los dirigentes de Ucrania son nazis” (pág. 201; cfr. págs. 85-93 y 148). Lo que Putin desea provocar atacando a Ucrania es una especie de segunda gran guerra patria, arrastrando para ello a todo el pueblo ruso, el cual, según el autor francés, es incierto y dudoso que le acompañe hasta el final (pág. 201).
- Como colofón a toda esta sarta de mentiras, falsedades y manipulaciones acerca del presidente de la Federación Rusa y de su política tanto doméstica como internacional, Eltchaninoff echa mano de la figura de Dostoievski, a quien, instrumentalizándolo de manera grosera y vulgar, utiliza para desprestigiar e insultar a su biografiado:
Vladímir Putin ha leído sin duda Los demonios, de Dostoievski.[7] El nihilista y revolucionario profesional [sic!] Piotr Verjovenski da la clave del éxito en política: “Lo esencial es la leyenda”. Para obtener el poder y mantenerlo, deben sustituirse los matices de la realidad por el fulgor del relato sagrado y luego aplicar ese mito a lo existente, aun a costa de la violencia. Pero recordemos el fin de la novela: tras la muerte de un inocente, la banda de revolucionarios se disgrega presa del miedo y la vergüenza. El héroe de la novela se suicida. Lo real se toma su revancha (pág. 201).
Conclusiones
En esta breve reseña de la obra de Michel Eltchaninoff hemos obviado conscientemente otras cuestiones, a nuestro juicio, igual o incluso más graves que las señaladas como, por ejemplo, su nefasta y torticera interpretación de Fiódor M. Dostoievski con el fin de desacreditar la “apropiación” putiniana de su pensamiento o esas páginas de pura ficción, en las que pretende reproducir hechos supuestamente acaecidos en el Kremlin durante los días previos a la operación militar especial en Ucrania.
La nada disimulada aversión de Michel Eltchaninoff contra el presidente de la Federación Rusa y su claro alineamiento con las tesis defendidas por la OTAN y la Unión Europea le llevan a despreciar la defensa de Rusia de un mundo multipolar contra la hegemonía estadounidense, su vindicación de la familia tradicional o su denuncia de lo acaecido realmente en Siria o en Ucrania desde el Maidán (pág. 174). Con todas estas características propias de una genuina furcia académica, Eltchaninoff se presenta como el candidato perfecto para, bajo el supuesto de analizar las fuentes filosóficas e ideológicas del pensamiento de Putin, desprestigiar al líder ruso y presentarlo como el Mal absoluto que Occidente debe combatir sin piedad.
Ahora bien, no se interpretará jamás correctamente ni a Putin, ni a Rusia, ni al pueblo ruso en general, si seguimos juzgándoles y otorgándoles valores y actitudes propias de los occidentales que no siempre se corresponden con las genuinas rusas, cuando no simplemente las contradicen. Como estableció en su momento Henri Kissinger, para entender a Vladímir Vladímirovich Putin hay que acudir a la obra de Fiódor M. Dostoievski, no a Mein Kampf de Adolf Hitler.[8]
No obstante y a pesar de todo su carácter tendencioso y de su consciente intención manipulativa y distorsionadora de la realidad, este texto de Eltchaninoff merece ser leído con atención por todo ese elenco de autores de los siglos XIX y XX que se mencionan y se analizan y cuyo conocimiento se presenta como decisivo para comprender la Rusia del siglo XXI y a Vladímir Putin.[9] Una Rusia que, ante el constante desprecio europeo, mira esperanzadora a Asia, donde cree poder encontrar el camino para su desarrollo civilizatorio. Así lo manifestó, por ejemplo, Dostoievski en el siglo XIX, cuando exhortaba a sus compatriotas “¡A Asia! ¡A Asia!” (PSS 27:62)[10] o Putin en el XXI:
Rusia es un país original, ya que una parte de su territorio está en Asia, pero tiene otra parte importante en Europa. En los fundamentos de la cultura rusa, en primer lugar, están los valores cristianos. En este sentido, Rusia es un país europeo. Pero quince millones de musulmanes viven en el país y una gran parte de su territorio se encuentra en Asia. También tenemos, por tanto, interés en Asia (pág. 51, declaraciones de Putin en el club Valdái el 17 de septiembre de 2007).
En definitiva, el Putin de 2022 no es el Putin del año 2000, quien quería una estrecha colaboración con la Unión Europea, quien deseaba entrar en la OTAN y quien buscaba estar, en el ámbito de la política internacional, en plano de igualdad con el resto sus socios occidentales.[11] Los continuos rechazos e incluso engaños por parte de la Unión Europea y de la OTAN han sido el más que comprensible origen de la situación actual[12]. Que en el año 2025 tenga lugar una guerra en territorio europeo no es culpa de Putin. Así lo prueba la actitud belicista antirrusa de los principales dirigentes europeos y del Reino Unido, incapaces de plantearse una paz y una colaboración sincera y duradera con la Federación Rusa. En este contexto, sólo hay que traer a colación las declaraciones del 4 de marzo de la presidente de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, según las cuales hay que rearmar a Europa e invertir cantidades astronómicas en el negocio de la guerra con la excusa de que “vivimos en tiempos peligrosos” y de que “la seguridad de Europa está seriamente amenazada” por el Oso Ruso. O la declaración de guerra abierta contra Rusia manifestada por Emmanuel Macron en su discurso televisado del 5 de marzo, en el que alertaba de una “amenaza rusa” que asola a todos “los países de Europa” y que no dejaba de ser una muestra más de que la “agresividad” sin límites de la Federación Rusa.
La nueva administración Trump se ha distanciado abiertamente de estas actitudes belicistas europeas que pretenden llevarnos a una Tercera Guerra Mundial y desea poner fin al conflicto, comenzando para ello a negociar directamente con el Estado ruso. Confiemos en que la honestidad y la buena voluntad hagan acto de presencia en ambas partes y se pueda acabar este año 2025 de una manera completamente diferente de cómo se empezó.
Jordi Morillas.
[1] De hecho, Eltchaninoff se ha centrado principalmente en la figura de Fiódor M. Dostoievski. Véanse su Dostoïevski, roman et philosophie. PUF, París, 1998 y Dostoïevski. Le roman du corps. Editions Jérôme Millon, Grenoble, 2013.
[2] Michel Eltchaninoff: Dans la tête de Vladimir Poutine. Coédition Actes Sud/Solin, Arlés, 2015. Edición revisada y ampliada de 2022. Esta obra se encuentra traducida por Miguel Alpuente Civera en Librooks Barcelona, Barcelona, 2022 (Nueva edición ampliada y actualizada de abril de 2022). Todas las citaciones se harán a partir de la versión española.
[3] Para más detalles acerca de la relación de Putin con Solzhenitsyn, véase nuestra nota crítica «Aleksandr Solzhenitsyn, el Dostoievski del siglo XX. Reflexiones a raíz de la biografía de Georges Nivat El fenómeno Solzhenitsyn», en Estudios Dostoievski, núm. 10 (enero-diciembre 2024), págs. 277-295.
[4] Cualquier lector occidental con un mínimo de espíritu crítico sobre lo que le rodea advertirá que lo que aquí se dice con ironía corresponde, por desgracia, con la realidad.
[5] Y esto lo dice Eltchaninoff después de asegurar que Putin es un hombre profundamente soviético. Véase el capítulo I “En primer lugar, los sóviets”, págs. 19-32.
[6] Ni Victoria Nuland, ni el Embajador estadounidense en Ucrania aparecen mencionados en ningún momento en este contexto. Eso sí: son teorías conspirativas cuando se sostiene desde el Kremlin que el Maidán estuvo organizado y financiado por los norteamericanos (pág. 141).
[7] Eltchaninoff no ofrece ninguna prueba que sostenga esta afirmación.
[8] J. Goldberg: «World Chaos and World Order: Conversations with Henry Kissinger», The Atlantic (10 de octubre de 2016).
[9] Interesante en este contexto es el análisis que Eltchaninoff lleva a cabo de Aleksander Duguin y de su afirmación de que el teórico ruso ni es el “gurú” de Putin, ni suele leerlo. Cfr. págs. 111-116.
[10] Es lo que el autor denomina “sueño euroasiático” y cuyos antecedentes se pueden encontrar expuestas en el capítulo VI “El sueño eurasianista” (págs. 105-120).
[11] Véase para más detalles Jordi Morillas: “La Rusia de Putin… ¿y de Dostoievski?”, Estudios Dostoievski, núm. 5 (enero-junio 2021), págs. 4-29.
[12] Cfr. César Vidal: Editorial - ¿Ha cumplido la OTAN sus compromisos?, Programa La Voz del 4 de marzo de 2025.
