Shimon Márkish: El ejemplo de Vasili Grossman. Traducción de Miguel Ángel Chica Benayas. Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2024.

 

Un amigo le cuenta que ha conocido a un hombre que consiguió escapar de su cautiverio y que vio con sus propios ojos lo que ocurría en los territorios ocupados, en particular, lo que sucedía con los judíos. Su amigo, un tártaro, le dice: «Me he informado en especial sobre los judíos porque sabía que le interesaría». La reacción de Shtrum es la siguiente: «¿Por qué sólo a mí? –pensó Shtrum– ¿Acaso no interesa también a los demás?» (pág. 188).    

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La biografía es el género literario mediante el cual mejor se puede manipular al lector. De esta manera, pensando que se va a obtener una serie de datos objetivos sobre un autor determinado, éste se puede hallar ante una obra que le suministre medias verdades, cuando no directamente falsedades, que le llevarán a hacerse una idea equivocada del biografiado.

De ahí que, dependiendo de quién sea el objeto de la biografía, se puedan leer textos que siempre poseerán un carácter elogioso (Marx, Engels, Lenin, etc.) o condenatorio (Mussolini, Hitler, Franco, etc.). Así, la biografía, bajo una supuesta bandera de objetividad científica e histórica, se convierte en un arma de manipulación destinada a moldear, según los intereses del momento, al confiado lector.

Nada de esto sucede con la biografía que Shimon Márkish ofrece de Vasili Grossman y que el lector hispanohablante puede disfrutar ahora en su idioma gracias a la iniciativa cultural de Ediciones del Subsuelo.

En efecto, aquí no nos hallamos ante una biografía que pretenda ser «objetiva» y ofrecer datos supuestamente «neutros» sobre Grossman, sino que lo que abiertamente se busca es analizar al autor soviético desde el punto de vista judío. De esta forma, la tarea de Márkish es, como se detalla en la contraportada de esta obra, explicar «el despertar de la conciencia judía de Grossman» y analizar «ese destino, asumido voluntaria y conscientemente, que cambió de forma decisiva la posición ética y el itinerario del escritor». Es decir, se trata de una reivindicación del pueblo judío a través de la figura de Grossman:

Entre los numerosos temas que integran el ejemplo de Vasili Grossman, hay uno que quizá no sea el principal, pero sí uno de los más importantes y el que más interesa al autor de estas líneas. El tema judío (pág. 9) […] Lo que me preocupa principalmente: el tema judío, el aspecto judío (pág. 173) […] Lo principal de este ensayo: la vertiente judía de Grossman (pág. 220).

Para llevar a cabo su tarea, Márkish realiza un análisis de la producción de Grossman anterior a 1943 con el fin de señalar cómo aquí el tema judío estaba casi ausente o, cuando se trataba, era por medio de personajes banales (págs. 29-32) o irónicos (págs. 41-44).

La participación de Grossman en la Gran Guerra Patria y el descubrimiento de las atrocidades nacionalsocialistas en los territorios ocupados del Este marcan un punto de inflexión en la producción novelística del escritor soviético (cfr. págs. 59, 67, 71 y 83), quien redactará a partir de entonces relatos denunciando el exterminio y solidarizándose con el destino de los judíos. En este contexto, Márkish menciona «El viejo profesor» (1943), «El infierno de Treblinka» (1944) y el ensayo «Ucrania» (1943). De hecho, este último texto resulta ser decisivo para la finalidad aquí expuesta, pues en él se puede constatar cómo Grossman, en plena oposición y controversia con el régimen soviético (cfr. págs. 86 y 98), hablaba por vez primera de la unicidad del exterminio del pueblo judío, es decir, de lo que posteriormente se conocerá como la shoah:

El deber del escritor es el de contar la espantosa verdad y el deber ciudadano del lector es conocerla. Todo aquel que vuelve la cabeza, que cierra los ojos y pasa de largo ofende la memoria de los caídos. ¡Quien no conoce toda la verdad nunca podrá comprender contra qué enemigo, contra qué monstruo entró en lucha a muerte nuestro grandioso, nuestro santo Ejército Rojo! (pág. 89).

La abierta defensa de los judíos llevada a cabo por Grossman chocará de frente con la postura oficial que el gobierno de la URSS tomará frente al problema judío a partir de 1946. De hecho, es a partir del 20 de agosto de 1946 (pág. 103), cuando en la opinión pública se empieza a utilizar como sinónimos los términos «hebreo» y «judío»[1] y a atacar a autores con posturas filo-judías como el aquí biografiado (págs. 103-105).

Este antisemitismo gubernamental[2] que, según Márkish, contrastaba radicalmente con la firme determinación a favor de los judíos de los primeros revolucionarios bolcheviques,[3] se manifestará de manera indiscutible a partir del 13 de enero de 1948 con el asesinato del presidente del Comité Judío Antifascista (pág. 112). A este crimen le seguiría, un año más tarde, la publicación del artículo «Sobre un grupo antipatriótico de crítico teatrales» (en Pravda, en su edición del 28 de enero de 1949, pág. 3), en el que se daría, en opinión de Márkish, el toque de salida de una campaña antisemita, «oficialmente llamada “compaña de lucha contra el cosmopolitismo”» (pág. 113).

El recrudecimiento de esta actitud antijudía del gobierno soviético tendría lugar el 13 de enero de 1953, cuando «los periódicos informaron del descubrimiento de una conspiración de médicos judíos que, a las órdenes del sionismo mundial, se comprometieron para exterminar a los líderes del Partido y del Estado» (pág. 121). A esta información se agregaba la obra que el filósofo Dmitri Ivánovich Chesnokov redactó a petición de Stalin y según la cual «los judíos, por su propia naturaleza, siempre han sido enemigos del pueblo y del socialismo» (pág. 122).[4]

Junto con el deseo entonces expresado por parte del Gobierno Soviético de deportar a los judíos a Siberia (pág. 122), se encuentra el recrudecimiento de la compaña contra Grossman por su manifestada simpatía por sus hermanos de raza, que le impulsará a romper definitivamente con el régimen, a denunciar el antisemitismo y a convertirse en un consciente abogado de la causa judía y de la libertad. Es precisamente en este marco histórico de persecución en el que se pergeñan sus dos obras principales: Vida y destino[5] y Todo fluye.[6]

Para Márkish, Grossman se convierte con estas dos obras en lo que él denomina «el primer auténtico disidente de la literatura soviética» (pág. 8), comparable únicamente con Alexander Solzhenitsyn, a pesar de que, en sentido estricto, éste llegaría más tarde.[7] De estos escritos, destaca en primer lugar Todo fluye por el hecho de que aquí se juzga la Revolución (pág. 8), así como también por sus análisis del antisemitismo y de los paralelismos que establece entre el nacionalsocialismo y el bolchevismo (págs. 155-157).

Esta comparación entre ambos regímenes es tal vez uno de los puntos de la crítica de Grossman más importantes, puesto que le sirve para denunciar a la URSS como un gobierno igual de totalitario que el establecido por Adolf Hitler en Alemania en 1933. De hecho, mientras Márkish critica a Stalin por, «quizás no sin placer», capitular «ante la propaganda antisemita de Hitler que llamaba al pueblo ruso a poner fin al judeo-bolchevismo» (pág. 69), Grossman reflejaría esta identidad con la imagen del campo de concentración, es decir, con el Gulag y Auschwitz, en cuya existencia y función él no observa «diferencia alguna» (pág. 145). De ahí que pueda equiparar la «solución final» de Hitler «a la cuestión judía con la masacre de campesinos que llevó a cabo Stalin» (pág. 212). Esta terrible realidad, Grossman la mostrará en su relato «El camino» (1961-1962), en el que se presenta «la monstruosidad del mundo, donde la guerra, Treblinka, el gulag, el nazismo y el comunismo compiten en muertes y en crueldad» (pág. 232). Asimismo, el escritor soviético señala cómo la libertad es incompatible con la doctrina de Marx y de los bolcheviques (pág. 146), lo cual se refleja en su principio del «Estado de Partido» (pág. 156).

Es justamente en este contexto, en el que lo que a primera vista habría sido una comparación en toda regla de Grossman con Solzhenitsyn como miembros destacados de la disidencia soviética, se torna, por el contrario, en una crítica radical desde el punto de vista judío contra el autor de Pabellón de cáncer.

Aun cuando Márkish pone de relieve que tanto Grossman como Solzhenitsyn están dominados por un fuerte moralismo (pág. 194), esto no es sin embargo óbice para señalar claramente cómo muchas de las principales críticas de Solzhenitsyn ya se encontraban en Grossman (págs. 192-193), así como el hecho de que Todo fluye anticipa en gran medida a Archipiélago Gulag (pág. 210).[8]

Esta anticipación se observa no sólo temporalmente a la hora de su redacción, sino también en la forma. Si bien «algunos capítulos de los campos de trabajo corresponden plenamente al género que Solzhenitsyn dio a su obra: ensayo de investigación literaria» (pág. 210), el tono y la actitud son completamente distintos. Así, Grossman «entrevistó a supervivientes, recopiló sus recuerdos según el método propio del ensayo, el método de la prosa documental, que Grossman utilizó con maestría durante los años de la guerra». Todo ello en plena oposición a Solzhenitsyn, quien, asegura Márkish, se encontraría «dominado por la ira y el sarcasmo sangriento» (ibid.).

Esta diferencia esencial en lo que se refiere a la descripción de los horrores del Gulag y de la represión del pueblo judío por parte del gobierno bolchevique se manifiesta en Grossman en un «maximalismo» (pág. 206), en una constante sinceridad, que lo condujo tanto a la soledad, como sobre todo a no condescender en ningún instante ante el poder:

Decirle a Rusia, no a la Unión Soviética ni al régimen soviético, «soy tuyo», entregarse por completo a ella significa olvidarse del deber que uno tiene hacia los que se encuentran en zanjas y pozos, con los que han quedado reducidos a cenizas, renunciar a la fuerza que otorga el amor de una madre (pág. 196).

Y a pesar de que Solzhenitsyn rechazó culpabilizar a los judíos de querer castigar al pueblo ruso por su antisemitismo (pág. 202), Márkish no puede dejar de denunciar a estos «disidentes de derechas», a estos «nacionalistas rusos de diferente pelaje» (pág. 247) por tapar la boca que grita de dolor, por fingir que el pasado no ha existido y «que el presente es claro y luminoso» (ibid.). De ahí que Márkish finalice su contraposición entre Grossman y Solzhenitsyn con las siguientes palabras:

La hazaña del valiente solitario, «estrangulado en un callejón», es más elevada, más pura y más sagrada que las exitosas estratagemas de Solzhenitsyn, descritas detallada y triunfalmente en El roble y el ternero. La moral puede estar contraindicada en la literatura, pero en absoluto lo está en la «personalidad literaria» (pág. 252).

De esta manera se concluye una biografía que pretende mostrar cómo la pertenencia de Grossman al pueblo elegido le condujo a vivir en su propia persona las consecuencias de este origen maldito. De hecho, son estas desgracias e injusticias padecidas las que le abrieron los ojos a los infortunios de los demás, en concreto, a los de su pueblo. De ahí que Márkish sostenga que Grossman fue un escritor de destino judío, es decir, «un judío que no oculta su pertenencia, sino […] que ha sufrido o sufre debido a esta pertenencia» (pág. 199). Un judío permanece siempre judío, viva en el país que viva: por la biología y por su estilo de vida el judío se siente siempre vinculado con sus antepasados y no con la comunidad en la que vive (pág. 200). En este sentido, Grossman, como escritor ruso-judío, «es la voz de los judíos rusos, su autoconciencia y su autoconocimiento» (pág. 201).[9]

Así se reflejaría, además, de manera magistral en un pasaje de Que el bien os acompañe con el que Márkish resume el Leitmotiv que rige este ensayo biográfico:

¿Por qué, por quién llora la nueva Raquel, la eterna madre del pueblo, la «madre de los judíos»? Por los que salieron convertidos en humo de las chimeneas de los crematorios nazis. Por los que fueron llevados al gulag. Por los que se quitaron la vida, perseguidos a muerte, como la farmacéutica de Todo fluye, en lo más álgido del «caso de los médicos»; como, tal vez, la hija de la propia Rajil Semiónovna. Por todos sus hijos muertos por todas partes. Vasili Grossman, el escritor ruso con destino judío, mezcla sus lágrimas con las de ella, se fusiona con ella. Él mismo es Rajil, que llora por sus hijos (págs. 245-246).

 

Adenda filológica

Un análisis de la traducción de Manuel Ángel Chica Benayas revelaría que esta obra sobre Vasili Grossman está, en términos generales, bien vertida al español. Si bien es cierto que puede tener en algún que otro lugar ciertas inconsistencias, entre las posibles que se podrían señalar destaca una que, por su importancia a la hora de comprender bien el sentido de esta obra, merece ser mencionada con detalle.

En la página 238, Márkish reproduce unos apuntes de Borís Yampolski, en los que se refleja una conversación entre él y Grossman. En ella, Yampolski, escritor y judío como él, le dice a Grossman que se habría equivocado al no querer suprimir unas frases sobre el antisemitismo que le exigía la revista Nóvy Mir con el fin de publicar su obra Notas de un anciano.

Ante este comentario, según la versión ofrecida por Manuel Ángel Chica, que se basa a su vez en la ya publicada por Enrique Fernández Vernet,[10] Grossman habría reaccionado formulando la siguiente pregunta:

¿Y eso lo dice usted como escritor o como judío?[11]

Si se lee la pregunta formulada por Grossman de esta manera, es decir, como una disyuntiva («o»), entonces parece ser que el escritor distinguía entre «ser escritor» y «ser judío». Ahora bien, si atendemos al original, observamos que en ruso no se encuentra una «o», sino una «y». Es decir, Grossman pregunta si lo que le está recriminando Yampolski lo hace como «escritor» y como «judío». Así, tanto la pregunta de Grossman, como la respuesta de Yampolski deberían rezar como sigue:

– ¿Esto lo dice usted como escritor y como hebreo (judío)? –preguntó.

– Sí, –le dije, – ahí tenía usted cosas más importantes e instructivas que el antisemitismo.

 

[1] En la traducción de Manuel Ángel Chica no se señala, pero esta distinción en el original es fundamental. Mientras que en español estos dos términos podrían ser intercambiables entre sí, en ruso no lo son. En efecto, mientras que «еврей» (hebreo) tiene un significado neutro, «жид» (judío, judaico), por el contrario, es un calificativo despectivo, utilizado sobre todo con ánimo antisemita. Fiódor M. Dostoievski, que no se distinguía precisamente por su amor al pueblo elegido, utilizaba siempre de manera consciente en sus novelas este segundo término.

[2] No son pocos los pasajes de la obra de Márkish en los que éste señala la tremenda influencia que el pueblo judío tuvo en la sociedad rusa antes, durante y después de la Revolución Rusa. Así, por ejemplo, se afirma: «Ya desde finales del siglo pasado los judíos comenzaron a hacerse un hueco en la literatura rusa. Su afluencia se hizo masiva tras la revolución. Hoy, al menos un tercio de la sección moscovita de la Unión de Escritores es de origen judío» (pág. 10). Otras declaraciones semejantes se pueden leer en las páginas 18 y 49.

[3] Márkish desarrolla una teoría según la cual el «Antiguo Régimen» ruso se caracterizaría por un marcado antisemitismo, mientras que la Revolución de 1917 se habría distinguido por un abierto filo-semitismo (págs. 47-48). Véase, además, lo que se afirma en las páginas 56, 95 y 97-98, donde Márkish narra cómo «el resto de los judíos europeos supervivientes, al igual que los judíos de todo el mundo, veían a la Unión Soviética y su ejército como salvadores, protectores y libertadores. Incluso los antiguos judíos polacos, que experimentaron de primera mano lo que eran el poder y el sistema soviéticos y que tenían prisa por regresar a Polonia, compartían esa opinión».

[4] La obra, no mencionada nominalmente por Márkish, se titulaba Por qué es necesario expulsar a los hebreos de las zonas industriales del país (en original: Почему необходимо выселить евреев из промышленных районов страны), fue concluida a principios de febrero de 1953 y publicada tras la aprobación personal de Stalin en la imprenta del Ministerio del Interior de la URSS.

[5] Terminada en 1960, esta obra se publicó en ruso en Lausana en 1980 (véanse las páginas 8 y 132-137).

[6] La peculiar historia de esta segunda parte de lo que Márkish denomina «bilogía», se narra en la página 208.

[7] «Vida y destino es en verdad una obra antisoviética, con una fuerza y una unanimidad de la crítica nunca vistas antes en la literatura. Solzhenitsyn llegaría más tarde» (pág. 138).

[8] De hecho, en clara polémica con Solzhenitsyn, Márkish sostiene que la bilogía de Grossman constituye «una enciclopedia de la vida soviética» (pág. 152).

[9] Y, con todo, Márkish ha de reconocer que no se puede calificar a Grossman de escritor judío, puesto que para el soviético el judaísmo «es una decisión, un acto de voluntad» (pág. 202).

[10] Véase B. Yampolski, I. Konstantínovski: Asistencia obligada. Un testimonio de las reuniones de la Unión de Escritores de la URSS. Incluye Último encuentro con Vasili Grossman. Traducción y prólogo de Enrique Fernando Vernet. Ediciones del Subsuelo, Barcelona, 2013, pág. 317.

[11] Así también en la página 252, cuando Márkish vuelve a rememorar la anécdota.