Ulrich Schmid: Russlands verlorener Kompass. Vontobel Stiftung, Zúrich, 2026 (Schriftenreihe Nr. 2580).

Mucho antes de que Vladímir Putin diera inicio a la «operación militar especial» el 24 de febrero de 2022, el filólogo suizo Ulrich Schmid ya había dedicado una obra a analizar (y a denunciar) la tiranía representada por su régimen: Technologien der Seele. Vom Verfertigen der Wahrheit in der russischen Gegenwartskultur (Tecnologías del alma. Sobre la creación de la verdad en la cultura rusa actual)[1]. Con la invasión de Ucrania, Schmid se ha convertido en una de las voces más críticas contra el gobierno de Putin, apoyando públicamente a los exiliados académicos ucranianos y fomentando el conocimiento de la lengua y la cultura ucranianas no sólo en el ámbito universitario de lengua alemana[2], sino también italiana[3].
El breve texto que aquí presentamos, Russlands verlorener Kompass (La brújula perdida de Rusia), se inserta dentro de esta campaña de denuncia del régimen de Putin, estando editado y patrocinado por la Vontobel Stiftung, fundación suiza que tiene como finalidad apoyar «proyectos sociales, científicos y de fortalecimiento del diálogo»[4].
De qué trata este ensayo y qué es lo que Ulrich Schmid pretende transmitir al lector, se puede deducir a partir de una lectura del índice: Introducción; La nueva ideología del Estado; Política como operación especial de inteligencia; La corrupción de la esfera pública; Las élites de Rusia; ¿Existe todavía una sociedad en Rusia?; Represión en Rusia; El papel de la oposición; Historia como instrumento de dominio; La literatura rusa en tiempos de guerra; El cine ruso como espectáculo de propaganda; Las religiones en Rusia; La economía rusa; El regionalismo; ¿Qué futuro es concebible para Rusia?
La tesis principal de Ulrich Schmid reza como sigue: Rusia se ha convertido en un Estado paria para el resto de la comunidad occidental debido al inicio de la operación militar en Ucrania (pág. 7). Este conscientemente alejarse de los principios del derecho internacional se muestra además en el proceso de manipulación de la sociedad a través del Estado. En efecto, a pesar de que el artículo 13 de la Constitución Rusa prohíbe explícitamente cualquier tipo de ideologización estatal[5], ésta se ha venido produciendo, incrementándose considerablemente con la guerra[6]. Así, desde el Estado se promocionan valores tales como la familia, el trabajo creador o el servicio a la patria, principios que tendrían como finalidad justificar y fomentar un conservadurismo nacional (pág. 8).
Asimismo, este moldear la opinión pública se manifiesta, entre otros ámbitos, en el de la biografía de Putin, quien hace público sólo aquellos detalles de su vida que sirven para apoyar esta concepción del mundo conservadora, patriótica y belicista, además de maquiavélica: el judo sería un ejemplo paradigmático (págs. 9-12).
Otro ejemplo de dirección de la opinión pública, Schmid lo encuentra a raíz del conflicto con Crimea en el 2014, en el que el Gobierno de Putin negó la presencia de soldados rusos en el territorio para después sostener que jamás lo habían escondido, así como en el hecho de que los rusos se han convertido en expertos en el arte de crear noticias falsas en las redes sociales con el fin de inducir a la aceptación de sus actuaciones políticas y militares (págs. 13-17).
En este contexto, el filólogo suizo analiza las personalidades más importantes que se hallan en los ámbitos de poder del régimen de Putin (la «élite») con el fin de demostrar cómo el «Estado policial» que el presidente ruso ha creado garantiza su supervivencia. En efecto, a diferencia de otros dirigentes del pasado, Putin se rodea de gente relativamente joven, siendo la lealtad una de las cualidades más importantes para mantenerse en el poder. Entre estas personalidades que podrían en algún momento suceder a Putin, se mencionan a Kirill Dimitriev (antiguo empleado de Goldman Sachs e íntimo de Steve Witkoff), Serguéi Krienko (cuyo hijo dirige la red social VK), Elvira Nabiullina (presidente del Banco de Rusia y denunciada por algunos como marioneta del FMI con la misión de destruir la economía rusa) o Dimitri Kozak (jefe de Gabinete Adjunto de la Administración Presidencial Rusa, de origen ucraniano). El no cumplimiento de esta premisa de fidelidad al líder y al sistema puede tener como consecuencia, señala el autor de este ensayo, que en el ámbito económico se puedan producir caídas desde una ventana y, en el político, suicidios (págs. 18-26).
De ahí que la pregunta que se plantea Ulrich Schmid, de si existe todavía una sociedad en Rusia, reciba una contestación negativa. El gobierno ruso, si bien no cuenta con el apoyo de los intelectuales prooccidentales de San Petersburgo o Moscú, sí lo tiene tanto del resto de ciudadanos de las grandes ciudades como, sobre todo, del campo. En este sentido, en la sociedad rusa domina la convicción expresada por el diputado de la Duma Viacheslav Volodin, según la cual «Sin Putin, no hay Rusia» (págs. 27-29).
Así se comprende que, bajo el lema del presidente de la necesidad de una «dictadura de la ley», Rusia se haya convertido en una «clara dictadura policial», donde se ejecuta una represión brutal contra cualquier crítico bajo la acusación de ser un «agente extranjero» (págs. 30-31). Entre los distintos disidentes que Schmid recuerda, se encuentran Alexéi Navalny y su mujer Julia, quien se ha opuesto abiertamente al conflicto contra Ucrania, en ocasiones incluso de la mano de Olena Zelenska, la esposa del presidente ucraniano (págs. 32-34).
Una sección especial dentro de este ensayo de Ulrich Schmid la constituye la dedicada a explicar los diversos instrumentos de dominio y de propaganda de los que se sirve el gobierno ruso para presentar y justificar sus medidas políticas y militares. De esta forma, junto con el análisis del uso de la historia tanto por parte de expertos como del propio Putin o de Medvedev (págs. 35-40), también se destaca la existencia de una «literatura Z» (por la letra simbólica bajo la cual se lleva a cabo la invasión de Ucrania; págs. 41-44) o un cine de carácter patriótico como el fomentado por Nikita Mijalkov, Karen Shajnazárov o Alexander Sokurov. Entre todos estos directores destaca Andréi Grachev y su película Tolerancia (Толерантность, 2025), en la que se retrata en qué se han convertido ciudades como París o Londres bajo la inmigración musulmana y los «valores» occidentales, pretendiendo ser una advertencia de lo que le podría pasar a Rusia si sigue el camino de la decadente Europa (págs. 45-49).
Estrechamente ligada con la temática de este largometraje, se encuentra la cuestión religiosa, económica y regional. Aunque a Rusia (y, en especial a Putin) le encanta presentarse como un país en el que existe una convivencia real entre las tres grandes religiones monoteístas, lo cierto es que el poder de la Iglesia Ortodoxa en la sociedad rusa no es nada despreciable, habiéndose incrementado considerablemente desde el inicio de las hostilidades en Ucrania, conflicto que se apresuró en calificar de «guerra santa» (págs. 50-53). Asimismo, Schmid, a pesar de señalar que un 40% del presupuesto estatal está destinado al ejército, tiene que reconocer que Rusia ha podido sortear con bastante facilidad las continuas sanciones impuestas tanto por los Estados Unidos como por la Unión Europea (págs. 54-55). Por último, aun cuando Rusia también presume de convivencia entre diversos pueblos y dice apoyar los movimientos de liberación nacional en diversas partes del planeta, la verdad es que el proceso de rusificación de todo el territorio es un hecho, viéndose ejemplificado este radical jacobinismo en el caso de Karelia o de Kaliningrado (págs. 56-59).
Las reflexiones finales de Ulrich Schmid le sirven para advertir al lector de que, a pesar de que Putin desaparecerá en algún momento, su sistema perdurará, aun cuando será «en una variante menos agresiva». No obstante, el daño que el putinismo ha realizado a Rusia como país y como sociedad será complicado de subsanar, como ha puesto de relieve recientemente el filósofo Nikolái Epplée. En efecto, según defiende Schmid, apoyándose en Epplée, se tiene que llevar a cabo una profunda revisión del pasado soviético para que se puedan depurar por fin responsabilidades y el pueblo ruso pueda encontrar un camino que le lleve a la dirección de los grandes países occidentales[7]. En este contexto, Schmid se suma a la crítica realizada por Sergéi Lebedev a Navalny de haberse concentrado sólo en la corrupción de Putin, cuando, en el fondo, se trataba de algo mucho más profundo:
Se me encoge el corazón cuando veo cuánto se ha invertido la pirámide de valores. Los crímenes contra la humanidad pesan cien veces más que todas las sumas de dinero sustraídas. Para mí, lo peor es el completo fracaso de la brújula moral en Rusia (págs. 61-62)[8].
Éste sería, pues, el mensaje que Ulrich Schmid querría transmitir al lector. Ahora bien, sin querer negar bajo ningún concepto la verdad de muchas de sus afirmaciones y descripciones de la sociedad rusa contemporánea, se impone la cuestión de aclarar cuál es el modelo que se opondría al ruso y que sería, en este contexto, el deseable, por ser el mejor. ¿Qué tiene Ulrich Schmid en mente? ¿El modo de vida europeo occidental? ¿El africano? ¿El de las naciones árabes? ¿O tal vez el de las asiáticas?
Schmid inicia su exposición sosteniendo que Rusia es un país que se ha convertido en paria. Mas, ¿para quién? ¿Para los BRICS? ¿Para los países asiáticos, africanos o iberoamericanos que mantienen acuerdos y relaciones comerciales con Rusia y que constituyen numéricamente mayoría en el mundo?
Se critica el hecho de que Rusia fomenta valores «conservadores» y «tradicionales». ¿Se quiere realmente poner como contra-modelo a la decadente Europa, civilización a la que se está atacando y destruyendo por todos los flancos posibles? ¿Es acaso preferible un europeo afeminado e ignorante de su historia actual y pasada a un ruso consciente del valor de su cultura y de su país? Se califica a la película Tolerancia como de «pérfida» por retratar lo que cualquier europeo con una neurona en su cerebro es capaz de ver que sucede en las calles de su ciudad o de su pueblo. Se dice en la presentación de este ensayo, que el autor tiene dos hijos. Si en su lugar, tuviera dos hijas, ¿es el filólogo suizo realmente consciente de que ya no pueden salir de manera libre y segura por las noches en cualquier ciudad europea? ¿Acaso es imaginación del guionista de Tolerancia el hecho de que, por ejemplo, las mujeres alemanas confiesen que tienen miedo a salir a la calle cuando desaparece el sol, algo totalmente impensable hace apenas 10 o 15 años?
Por último, Ulrich Schmid no se cansa de denunciar la manipulación de la sociedad por parte del régimen de Putin y de cómo ésta se lleva a cabo a través de todos los medios de comunicación posibles. ¿Y cuál es la función social de Hollywood, Netflix y las diversas redes sociales «libres» en Occidente?
Asimismo –y sin ánimo de defender a un antiguo miembro de la KGB, órgano de represión semejante y, en no pocos casos, peor que la Gestapo o la Stasi juntas–, ¿son acaso los líderes occidentales modelos éticos que se puedan realmente contraponer a Putin? ¿Son Biden y su familia corrupta y degenerada moralmente un ejemplo a seguir? ¿O lo es la «alianza Epstein» de Donald Trump y Benjamín Netanyahu? ¿O tal vez lo es el «trío de la cocaína», Macron (y sus ínfulas de nuevo Napoleón con graves problemas sexuales), Merz (el mentiroso y estafador compulsivo, antiguo empleado de BlackRock) o Starmer? ¿O quizá lo sea el corrupto, manipulador y trilero europeo por excelencia surgido de las saunas homosexuales más turbias de la capital de España?
Se puede y se debe criticar a Rusia como régimen mafioso, totalitario y genocida. Ahora bien, no se puede recriminar absolutamente nada a la patria de Putin desde posiciones que empíricamente se muestran en absoluto dignas de ser ni reivindicadas ni aceptadas acríticamente. En Rusia a los críticos y a los disidentes se les califica de «agentes extranjeros» y suelen caerse accidentalmente por una ventana o suicidarse; en la Europa «democrática», se les denomina «fascistas», «neonazis», «Querdenker», «conspiranoicos», cuando no «pro-Putin», «pro-China» o cualquier otro calificativo que sirve para expulsarlos del sistema y declararlos muertos socialmente de una manera no menos efectiva que en Rusia. ¿Hace falta recordar el trato totalitario y genocida dado por los fieles al sistema a los que, haciendo gala de su libertad personal, se negaron a inyectarse los venenos de la empresa farmacéutica en el año 2021?
Antes de criticar a la Rusia de Putin (o a la China de Xi, al Irán de los ayatolás o a la Corea del Norte de Kim Jong-un), tal vez habría que solucionar primero los graves problemas que tenemos en casa, donde la férrea dictadura de la Unión Europa, bajo la cara visible de la corrupta Ursula von der Leyen, se distingue poco, preocupantemente muy poco de las actitudes totalitarias, antiliberales y belicistas del líder ruso que presuntamente habría perdido «la brújula moral».
Jordi Morillas
[1] Ulrich Schmid: Technologien der Seele. Vom Verfertigen der Wahrheit in der russischen Gegenwartskultur, Suhrkamp Verlag, Berlín, 2015 (20162). De hecho, esta obra nos sirvió de base para la redacción de nuestro artículo «Putin y Dostoievski o la Santa Rusia», Razón y fe, tomo 278, núm. 1435 (2018), págs. 143-156, texto que republicamos, mejorado y ampliado, como «La Rusia de Putin… ¿y de Dostoievski?», en Estudios Dostoievski, núm. 5 (enero-junio de 2021), págs. 4-29.
[2] Véase Ulrich Schmid (Hg.): Ukrainische Literaturgeschichte, J. B. Metzler, Heidelberg, 2025.
[3] Alessandro Achilli, Maria Grazia Bartolini, Giovanna Brogi, Vera Faber, Alexander Kratochvil, Ulrich Schmid, Alois Woldan: Storia della letteratura ucraina, Le Monnier Università, 2026.
[4] Véase su página web: https://www.vontobel-stiftung.ch/de-ch/
[5] Este artículo reza de hecho como sigue:
«Artículo 13
1. En la Federación de Rusia se reconoce el pluralismo ideológico.
2. Ninguna ideología podrá ser instaurada en calidad de estatal u obligatoria.
3. En la Federación de Rusia se reconoce el pluralismo político y el pluripartidismo.
4. Las asociaciones públicas son iguales ante la ley.
5. Se prohíbe la creación y actividad de asociaciones públicas, cuyos objetivos o acciones estén orientadas a la modificación por la violencia de los fundamentos del sistema constitucional y la violación de la integridad de la Federación de Rusia, el quebrantamiento de la seguridad del estado, la creación de formaciones armadas y la propagación de la discordia social, racial, nacional y religiosa».
[6] Aunque esta película no es citada por el autor, una buena visión panorámica de lo que aquí se plantea lo presenta de manera excepcional el largometraje de Pavel Talankin Mr. Nobody against Putin (2025).
[7] Schmid cita en este contexto la frase: «Puesto que los rusos no quisieron afrontar la verdad del pasado soviético, han acumulado problemas para el futuro», que se halla en la obra Неудобное прошлое: память о государственных преступлениях в России и других странах, Новое литературное обозрение, Москва, 2020, traducida al alemán por Anselm Bühling Die unbequeme Vergangenheit. Vom Umgang mit Staatsverbrechen in Russland und anderswo, Suhrkamp Verlag, Berlín, 2023, con reedición en el 2024 por parte de la Bundeszentrale für politische Bildung de Bonn.
[8] Palabras del disidente ruso establecido en Potsdam en 2018, de quien se menciona su obra colectiva traducida al alemán: Nein! Stimmen aus Russland gegen den Krieg. Aus dem Russischen von Andreas Weihe, Franziska Zwerg, Christiane Körner, Maria Rajer, Nataliya Bakshi und Ruth Altenhofer, Rowohlt Verlag, Hamburg, 2025.
